Me presentó a su madre y a su hermana, me mostró su taller de pintura, su habitación, fotos, libros, dibujos...., como si de esa manera evitase intimidades comprometedoras.
A las dos horas de evasivas quise marcharme, se oscurecería, el barrio peligroso y mi casa quedaba a 45 min. en micro, y estaba en eso, cuando irrumpe su madre y con habilidad me convence para quedarme a la once, le hacía tan bien a su hija tener nuevas amigas...
– ... es que como la Marcelita se tuvo de ir del otro colegio...- Agregó la señora mientras nos pasaba una bolsa y plata para comprar pan.
Y fuimos.
– ¡ Esto no va a funcionar!- pensé, cuando en un nuevo intento por conversar topamos con una vecina y luego con el monitor de catecismo, según me dijo, quien “gentilmente” nos acompañó de vuelta hasta la casa.- ¡¡Definitivo, no va a funcionar!!- insistí mentalmente, cuando vi a Don Manuel, el papá de Marcela, que ya había llegado a casa cuando volvimos.
Mamá e hijas dispusieron todo y nos sentamos a la mesa, el hombre en la cabecera, su señora a la derecha, Marcela, la mayor, a la derecha de la madre, la hija menor a la izquierda del padre. Yo... frente al papá.
Intenté relajarme y al rato probé entrar en conversación:
-¡Qué bueno que hayan hecho un parque ahí en Vespucio...! ¡Quedó lindo!- dije por decir algo.
-Sí, el Parque La Bandera fue uno de los primeros proyectos del Gobierno cuando volvió la democracia- Dijo el papá de Marcela.
- Yo recuerdo que cuando más chica todo eso era un tierral.-
- Sí, era horrible el sol y el polvo para las protestas contra la dictadura.- Agregó mientras la señora le servía otra taza de té.
- Se nota que el viejo es de izquierda...- pensé- ¡¡Esta es mi oportunidad para ganar terreno!!- Y acepté un segundo café.
Marcela, su hermana ni su madre intervenían en la conversación sin embargo se veían relajadas.
- ¿Y se acuerda de aquella gran concentración que se hizo en el parque?, parece que fue el ’87..., recién habían retornado del exilio los Illapu, y tocaron Los Prisioneros... fue una de las más grandes...- Don Manuel seguramente la recordaría. Decenas de miles habíamos llegado reafirmar y manifestar nuestro firme rechazo y lucha contra la dictadura.
- ¡¡¡Sí, esa concentración fue increíble!!!....Fuimos la Carmen y yo, porque las niñas todavía estaban chicas...- Comentó y acto seguido nos entregamos al recuerdo. Las gentes en las azoteas, el mar humano, las miles de banderas de colores, las consignas, las canciones, los discursos... la esperanza.
- ... Y cuando empezábamos “¡EL QUE NO SALTA ES PINOCHET!, ¡EL QUE NO SALTA ES PINOCHET!...”, ¡con tanto salto no se podía ni respirar del polvo que había....! –
Lo estaba consiguiendo... Risas generales, Don Manuel, el suegro contaba detalles a sus hijas y yo, complementaba sus recuerdos con los míos... los brigadistas con sus tambores y sus cajas, “La Ramona Parra” con sus murales...
Mi desánimo previo por la ya improbable relación entre Marcela y yo había desaparecido. Estaba en mi terreno ahora, contaba historias, mostraba mis plumas... me hacía más hermosa.
- Y cómo no acordarse...- proseguí entusiasmada con mis cartas ganadoras, -... ¿cómo no acordarse, igual que en todas las concentraciones, cuando aparecieron las banderas azules con la flecha roja?...-
- La Democracia Cristiana- Explicó el suegro.
- ¡Sí poh, los de la DC!-
Marcela, su madre y su hermana fijaron su mirada en mi y triunfante repetí:
-¡GUSANOS, GUSANOS, DEMÓCRATA CRISTIANOS!- No hubo respuesta.
- En esta casa todos somos militantes Demócrata Cristianos-
Momento de retirarse. Ya sabía yo que no iba a funcionar.
- ¡¡Ha sido un gusto hablar con Ud..., Señor Gusano!!-.

Ha muerto el asesino, el dictador, el torturador, el violador, el secuestrador de niñas y niños, el ladrón, el inhumano, el traidor.... No lo olvides y sobre todo no olvides los nombres, los rostros de lxs asesinadxs, lxs desaparecidxs, los torturadxs, lxs agredidxs, de lxs que tuvimxs miedo, no olvides, aún con su muerte nada hay que celebrar.....

















Subiré a la copa de mi árbol favorito a esperar que ella por fin se atreva a adentrarse en mi selva.